La dirección espiritual

La mayoría de las religiones, por no decir todas, incluyen en su concepción un lugar, a veces incluso de forma preferente y en otras de manera periférica, para una guía espiritual, asumida por un hombre o una mujer que se considera poseedor de una sabiduría especial y en contacto con la divinidad: el “gurú” hindú, el “maestro” budista, el “chamán” del norte de Asia y de la religión ancestral de la América nativa, y los “rabís” del judaísmo hasídico.

Son los precursores de estos últimos —en los sacerdotes del Antiguo Testamento, profetas y hombres sabios, y asimismo mujeres particularmente capacitadas— los que presentan el más próximo paralelismo con la génesis de la dirección espiritual. La guía para la vida ya no se encuentra en lo mágico, en las estrellas o en echar las suertes; se ofrece y se recibe a través de las voces mediadoras de los fieles servidores de Yavé: figuras como la de Moisés, que “hablaba con el Señor cara a cara, como quien habla con un amigo” (Éxodo 33:11), y Elías, cuyo compromiso respecto al joven Eliseo era tal como para decir en una despedida final: “¿Qué quieres que haga por ti antes de que me separen de tu lado?” (2 Reyes 2:9).

Esa actividad mediadora, escuchando a Dios para el cuidado de otros, se constata en el trato de Jesús con sus discípulos: “Os he llamado amigos, porque todo lo que a mi Padre le oí decir os lo he dado a conocer” (Juan 15:15); y también en la cordial, pero firme, guía al joven Timoteo: “Sigue el ejemplo de la sana doctrina que aprendiste de mí, con fe y amor en Cristo Jesús” (2 Timoteo 1:13).

En la tradición cristiana, cabe discernir tres metáforas principales de dirección espiritual: la persona que mora en el desierto, el amigo del alma y quien hace de comadrona. En respaldo de esas tres posibles funciones está el ministerio del sacerdote, un ministerio para beneficio del pueblo israelita que, en opinión de Walter Brueggemann, “se ocupa del problema del pecado y la culpa, y de la necesidad de perdón y reconciliación”.

En cada una de esas metáforas de función sacerdotal, la espiritualidad es, de hecho, una espiritualidad con presencia. Por esa razón, y por muchas más, el texto dice: “Puestos los ojos en Jesús, el autor y consumador de la fe”. Si alguien desea conocer la dirección correcta en el espíritu, mire a Jesús.

Ps. Cáceres