Lecturas bíblicas:
Jueces 20 | Hechos 24 | Jeremías 34 | Salmos 5–6
En algunas ocasiones, un individuo o colectivo hace voto de reformarse y dedicarse a agradar a Dios, movido por la desesperación.
Cuando la presión se relaja, rescinde su promesa y retorna a su pecado egoísta.
Su volubilidad se pone de manifiesto.
El juicio o desastre que los amenaza no les enseña realmente los caminos de la justicia ni a volverse del pecado. Simplemente quieren alivio y, si un voto delante del Señor puede lograrlo, entonces lo harán.
Sin embargo, este hecho no significa que vayan a intentar cumplirlo.
Este es el tipo de drama patético que se desarrolla en Jeremías 34.
Nabucodonosor se encuentra a las puertas de Jerusalén (34:1). La desesperación absoluta del rey Sedequías le empuja a llegar a un acuerdo con el pueblo para dejar libres a todos los esclavos (34:8).
El pacto mosaico había mejorado en gran manera las condiciones de los esclavos, limitando la servidumbre a seis años (34:14; Éxodo 21:2; Deuteronomio 15:1, 12).
Una serie de profetas —Amós, Oseas, Isaías y Miqueas— criticó duramente al pueblo por su crueldad y por su desafío deliberado a la ley de Dios, especialmente en materia de esclavitud.
Ahora, Sedequías dirige a los jerosolimitanos en esta importante reforma.
Un arrepentimiento motivado por la desesperación
Otras fuentes —véase la meditación del 9 de agosto— nos indican que al ejército de Babilonia le llegaron noticias de un avance de fuerzas egipcias hacia Jerusalén para liberarla.
Hasta donde sabemos, esa información no era cierta.
No obstante, los babilonios se retiraron para hacer frente a esta nueva amenaza procedente del sur.
Los ciudadanos de Jerusalén debieron pensar que se trataba de un rescate milagroso.
De forma estúpida, pecaminosa y malvada, los antiguos amos:
“Se retractaron y volvieron a someter a esclavitud a los que habían liberado.”
Jeremías 34:11
Así pues, su verdadero corazón queda totalmente al descubierto.
Inevitablemente, las fuerzas babilónicas descubren que no existe amenaza alguna de Egipto y el asedio se reanuda.
Esta vez no hay esperanza.
Dios mira el corazón
¿Quién creerá ahora cualquiera de sus actos de “arrepentimiento”?
Dios declara:
“Pero ahora os habéis vuelto atrás y habéis profanado mi nombre. Cada uno ha obligado a sus esclavas y esclavos que había liberado a someterse de nuevo a la esclavitud.”
Jeremías 34:16
No han proclamado liberación para sus “hermanos” (34:17).
Por tanto, la única “libertad” que experimentarán será la de morir a espada, por la peste y el hambre (34:17).
Reflexionemos
Jeremías 34 nos confronta con una verdad muy seria: el verdadero arrepentimiento no consiste solamente en hacer promesas cuando estamos desesperados.
Podemos acercarnos a Dios cuando estamos en problemas, prometer cambios y pedir Su ayuda, pero cuando la dificultad desaparece, podemos volver exactamente a la misma conducta.
Eso no es un arrepentimiento genuino.
El verdadero arrepentimiento produce un cambio de corazón que se refleja en nuestra manera de vivir.
Dios no busca simplemente nuestras palabras; Dios busca un corazón rendido a Él.
La pregunta que debemos hacernos es:
¿Estoy buscando a Dios solamente por lo que Él puede hacer por mí, o porque realmente deseo conocerlo, obedecerlo y agradarle?
Nuestro arrepentimiento no debe depender de las circunstancias.
Cuando todo está bien, debemos seguir buscando a Dios.
Cuando estamos en problemas, debemos seguir confiando en Dios.
Y cuando Dios responde nuestras oraciones, debemos seguir siendo fieles a Él.
Pedro nos advierte sobre aquellos que, después de haber conocido el camino de la justicia, vuelven deliberadamente a su antigua vida (2 Pedro 2:20–22).
Por eso, pidámosle al Señor un corazón verdaderamente transformado.
Oremos
Padre amado, ayúdame a ser una persona que viva apasionada por tus dichos.
No permitas que mi relación contigo dependa solamente de las circunstancias que estoy viviendo.
Dame un corazón sincero, arrepentido y dispuesto a obedecerte, no solamente cuando estoy desesperado, sino todos los días de mi vida.
Ayúdame a no volver atrás después de experimentar tu misericordia.
Transforma mi corazón y enséñame a vivir de acuerdo con tu Palabra.
Que mi arrepentimiento sea genuino y que mis acciones demuestren que realmente deseo agradarte.
Gracias, Padre, porque en Cristo Jesús encontramos perdón, restauración y una nueva oportunidad para caminar en obediencia.
En Cristo Jesús.
Amén y amén.
P. S. Cáceres