1 Tesalonicenses 5:5
No así los que son de la noche y de las tinieblas. La luz de la venida de Cristo pondrá en evidencia su suciedad y su miseria, porque todas las cosas se hacen visibles cuando son expuestas por la luz; pues todo lo que se hace visible es luz (Efesios 5:13)

Ser de la noche significa andar en oscuridad y dormir el sueño de la muerte. Ser de las tinieblas implica pertenecer aún a Satanás y vivir en condición de enemistad contra Dios. La oscuridad mencionada en este pasaje es tanto moral como espiritual. Las tinieblas son las del pecado y la incredulidad, e incluyen la ignorancia de la revelación divina (Romanos 2:19; Efesios 4:18), la inmoralidad en el comportamiento (Romanos 13:12; 1 Juan 1:6) y la miseria general que es consecuencia de la alienación y la perdición (Lucas 1:79; Hechos 26:18).

Por encima de todo, estar en tinieblas significa estar fuera de la experiencia de la salvación en Cristo y, por lo tanto, entregado a la depravación moral que caracteriza al mundo.

Pero —dice el apóstol—, no somos de los tales. Llama la atención que cambie de la segunda persona (“sois hijos de luz”) a la primera (“no somos de la noche”). A partir de aquí, seguirá empleando la primera persona. Es como si el apóstol, al señalar las responsabilidades y obligaciones que deben observar los hijos de la luz, quisiera incluirse a sí mismo como uno de los comprometidos con esa verdad.

Por tanto, la pregunta clave implícita en estos versículos es:
¿A qué siglo pertenecemos, al presente o al venidero?
¿Somos hijos de la luz o de las tinieblas, del día o de la noche?

Antes, todos pertenecíamos al siglo malo y éramos ciudadanos del reino de las tinieblas. Éramos hijos de desobediencia e hijos de ira, lo mismo que los demás (Efesios 2:2–3). Como consecuencia, éramos hijos de perdición (Juan 17:12; 2 Tesalonicenses 2:3) y de maldición (2 Pedro 2:14).

Pero gracias a la obra redentora de Cristo, hemos sido constituidos hijos de obediencia (1 Pedro 1:14) y de la luz. Como resultado, somos hijos de la promesa (Romanos 9:8; Gálatas 4:28), hijos del reino (Mateo 8:12; 13:38), hijos de la resurrección (Lucas 20:36), hijos del tálamo (Marcos 2:19) y, en una palabra, hijos de Dios (Juan 1:12).

Sólo hay dos opciones: o se es hijo de la noche o hijo del día; de la luz o de las tinieblas. O perteneces a este mundo caduco, en vías de extinción, o al siglo venidero, a la auténtica “nueva era” inaugurada por Cristo en Su primera venida, la cual se manifestará en plenitud cuando el viejo mundo desaparezca en el día del Señor.

Ps. Cáceres