1 Tesalonicenses 5:5
Por supuesto, el binomio luz–tinieblas, o día–noche, vertebra todo el texto bíblico desde Génesis hasta Apocalipsis. Las primeras palabras pronunciadas por Dios y registradas en las Escrituras son: «Sea la luz». Estas fueron dichas cuando las tinieblas cubrían la superficie del abismo (Génesis 1:2–3).
Y acerca de la ciudad celestial, descrita al final de la Biblia, leemos: «Ya no habrá más noche, y no tendrán necesidad de luz de lámpara ni de luz del sol, porque el Señor Dios los iluminará» (Apocalipsis 22:5).
Entre estos dos extremos de la revelación bíblica, las imágenes de la luz y las tinieblas ofrecen una amplísima gama de simbolismos espirituales y morales. Cuando el ser humano cedió ante las tentaciones de Satanás, dio lugar a que el diablo sumergiera al mundo en un reino de tinieblas. Sin embargo, Dios, por medio de la obra salvadora de Cristo, nos libró del dominio de las tinieblas y nos trasladó al reino de su Hijo amado (Colosenses 1:13; cf. 1 Pedro 2:9).
Las tinieblas nos hablan del pecado, de la ignorancia, de la ceguera espiritual, de la muerte y de la perdición (el infierno es descrito como un lugar de oscuridad, las tinieblas de afuera), y de todo lo que tiene que ver con el diablo y su reinado. En contraste, Dios es luz, y en Él no hay tiniebla alguna (1 Juan 1:5); por lo tanto, todo lo que Él hace es luz y verdad.
Oremos:
Señor, permíteme vivir conforme a lo que Mateo 5:16 establece para Tus hijos e hijas. Que mi vida refleje Tu luz y glorifique Tu nombre.
Gracias en Cristo Jesús.
Amén, amén.
Ps. Cáceres
