Parte I

Jueces 17 | Hechos 21 | Jeremías 30–31 | Marcos 16

Jeremías 30–31 interrumpe el material biográfico relativo a Jeremías con una serie de afirmaciones acerca de la restauración de Israel y Judá. Unas veces, se nombran los dos reinos (30:3); otras, ambos se denominan “Jacob” (30:7) o “Israel” (30:10; 31:1). Tal como ocurre en la profecía de Isaías, sólo el contexto determina si “Israel” se refiere al reino del norte, ya en el exilio desde hace más de un siglo, o a todo “Jacob” (para ser más exactos, la parte que oye y regresa a la tierra).

La herida “incurable” y la llaga que “no tiene remedio” son consecuencias de su pecado (30:12–14), una realidad invariable a este lado de la Caída. “Pero yo te restauraré y sanaré tus heridas”, afirma el Señor (30:17).

Destacaremos dos reflexiones:

(1) Jeremías 31:15

Raquel, una de las matriarcas, cuya tumba se encontraba cerca de Ramá, a unos ocho kilómetros al norte de Jerusalén (1 Samuel 10:2–3; Josué 18:25), se representa aquí llorando por sus “hijos” deportados en 722 a. C. (cuando las tribus del norte fueron al exilio), y de nuevo en 587 a. C. (cuando se llevaron lo que quedaba del reino del sur; Jeremías 40:1).

Mateo 2:17–18 afirma que estas palabras se cumplen (tipológicamente) cuando las madres lloran de nuevo a raíz de la matanza de los inocentes relacionada con el nacimiento de Jesús. Aunque los exiliados retornaron a Jerusalén durante el período persa, las características más maravillosas que rodearon el fin del exilio no empiezan a revelarse plenamente hasta la venida del Mesías.

(2) Jeremías 31:29 y siguientes

Esta promesa de un nuevo pacto es extraordinariamente penetrante. Debido a la naturaleza tribal y representativa del antiguo pacto, el pueblo acuñó un proverbio:

“Los padres comieron uvas agrias, y a los hijos les dio dentera” (Jeremías 31:29).

Bajo el pacto mosaico, las personas especiales, esto es, profetas, reyes y otros pocos individuos, eran ungidos especialmente con el Espíritu y desempeñaban la tarea de representar al pueblo ante Dios, y a Dios ante el pueblo. “¡Conoce al Señor!”, exhortaban.

Debido a esta estructura tribal y representativa, cuando los líderes pecaban (“comieron uvas agrias”), toda la nación caía en la corrupción y sufría la destrucción (“a los hijos les dio dentera”).

Sin embargo, bajo el nuevo pacto, el proverbio ya no se aplica (31:30 y siguientes). Todos los que están bajo el nuevo pacto conocerán al Señor. Dios pondrá su ley en la mente de ellos y la escribirá en su corazón (31:33). Ya no habrá más maestros que actúen como mediadores, porque todos lo conocerán (31:34); estos simplemente formarán parte del cuerpo y no tendrán un conocimiento “interno” exclusivo de Dios.

El perdón de los pecados será absoluto (31:34).

Identifique en qué partes del Nuevo Testamento se tratan estos temas.

Oremos

Padre amado, ayúdame a ser una persona que viva apasionada por Tus dichos.

Gracias, en Cristo Jesús.

Amén y amén.

Ps. Cáceres