El canto de Simeón
Porque han visto mis ojos tu salvación …; luz para revelación a los gentiles, y gloria de tu pueblo Israel. Lucas 2:30, 32
Hoy se nos presenta a un anciano piadoso llamado Simeón. Estaba esperando con ansias al Mesías, y Dios le había dicho que no iba a morir hasta que lo hubiera visto. Inspirado por el Espíritu Santo, entró al atrio del templo en el mismo momento en que José y María llegaban allí con su hijito de ocho días de vida. Este fue un maravilloso ejemplo de sincronización divina.
Ahora bien, Simeón tenía el discernimiento espiritual para reconocer a Jesús. Lo levantó en sus brazos, no de manera instintiva como para mecerlo sino como gesto simbólico de reconocimiento, tal como lo expresó en su cántico. ‘Ahora, Señor, despides a tu siervo en paz, conforme a tu palabra’ (Lucas 2:29).
Primero, Simeón reconoció que Jesús era la salvación enviada por Dios. Sus ojos vieron al bebé de María, pero él dijo que había visto la salvación de Dios, el Mesías que el Señor había enviado para liberarnos de la condenación y de la esclavitud del pecado.
Segundo, Simeón vio que Jesús era la luz del mundo, y que podía dar luz a las naciones y darle gloria a Israel. Consciente o inconscientemente hizo eco a las palabras de Isaías 49:6, un versículo que más tarde ocuparía un lugar importante en la teología de la misión elaborada por Pablo.
Tercero, Simeón vio a Jesús como factor de división, una roca con la que algunos tropezarían y sobre la que otros construirían. Él sería la causa de que algunos fueran exaltados y otros cayeran. Confrontados por Jesús, es imposible ser neutrales.
La historia de Simeón es una lección sobre la percepción espiritual. ¡Que Dios nos dé discernimiento para reconocer debajo de las apariencias superficiales la realidad de Jesucristo!
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