Porque acontecerá que Herodes buscará al niño para matarlo. Mateo 2:13
En última instancia hay solo dos posibles respuestas a Jesucristo, que se sintetizan en las figuras
contrastantes de Herodes el Grande y los magos. La reacción de Herodes estuvo en total
coherencia con la personalidad que se conoce de él. Su prolongado reinado estaba manchado de
sangre. Fueron los romanos quienes lo pusieron en el trono y lo designaron ‘rey de los judíos’.
Pero en realidad era un extranjero; su padre era un edomita y su madre una princesa árabe. No
tenía derecho ni título para ocupar el trono.
En consecuencia, su trono era inseguro y vivía atemorizado de sus rivales. Cuando veía uno, de
inmediato lo liquidaba, fuera varón o mujer. Mató a su esposa Mariamne; a su madre, Alejandra;
a sus tres hijos, Aristóbulo, Alejandro y Antípater. Mató a más de la mitad de los miembros del
sanedrín y a varios de sus tíos, primos, y otros parientes. Por lo tanto, no sorprende que el
historiador judío Josefo lo describa como el ‘monstruo despiadado’, o que el emperador Augusto
haya dicho que era más seguro ser un cerdo de Herodes que ser su hijo. Nosotros diríamos que
sufría de paranoia severa. Y en ese contexto, llegaron los magos y preguntaron dónde estaba el
que había nacido como ‘rey de los judíos’. ¡Cómo! ¡Él, Herodes, ¡era el rey de los judíos! ¿Quién
era este aspirante?
En principio, hoy se mantiene la misma situación. Muchas personas perciben a Jesús como un
rival, una molestia, una perturbación, lo que C. S. Lewis llamaba el ‘entrometido trascendente’.
Nos enfrentamos con una alternativa. O consideramos a Jesús como una amenaza y nos
decidimos, igual que Herodes, a liberarnos de él, o lo vemos como el Rey de Reyes y nos
decidimos, como los sabios de oriente, a adorarlo.
Para continuar leyendo: Mateo 2:7–12
Oremos: amado Padre, ayúdame a amar a Jesús y desear su hermosa compaña
siempre, honrarlo y servirle con gran devoción, que este año, mi vida pueda ser un
altar para gloria y honor de él. Gracias por Cristo Jesús.
Ps. Cáceres