Antes de que el pecador pueda ser reconciliado con Dios y participar de la paz que Cristo ha hecho con él, debe abandonar su rebeldía, deponer las armas de guerra y sujetarse a la legítima autoridad de Dios. Pero, para que esto sea así, el Espíritu Santo debe producir en el pecador un milagro de su gracia.
El Padre decretó la paz, el Hijo encarnado la hizo, y el Espíritu Santo nos introduce a ella. Él nos convence de nuestros terribles pecados y nos predispone a abandonarlos. Comunica a nuestro corazón la fe que nos lleva a creer en Cristo para salvación.
Después se cumple la Escritura: «Justificados, pues, por la fe, tenemos paz [objetivamente] para con Dios» (Romanos 5:1). Se nos introduce a su bendición. Pero hay más: ello nos permite disfrutar la paz de manera subjetiva. El Espíritu quita de nosotros la intolerable carga de la culpa y «encontramos descanso para nuestras almas».
Entonces experimentamos el sentido de estas palabras: «La paz de Dios, que sobrepasa todo entendimiento, guardará vuestros corazones y vuestros pensamientos en Cristo Jesús» (Filipenses 4:7).
Por su Espíritu y a través de Cristo, el Padre ha impartido ahora su paz a sus hijos que creen; y en la medida en que sus pensamientos perseveran confiadamente en él, Dios guardará a sus hijos en perfecta paz (Isaías 26:3).
En quinto lugar, la frase «el Dios de paz» proclama lo que este es desde una óptica gubernamental, a saber, el que ordena la paz en las iglesias y en el mundo.
Aunque cada cristiano tiene paz con Dios, sigue viviendo en un mundo que está bajo el maligno y, aunque en su corazón haya paz, vive todavía en la carne, lo cual, si no se la reprime, produce un conflicto constante en su interior y disputas con sus hermanos.
Por tanto, si Dios no mandara su poder inhibidor sobre aquello que desea inquietar y perturbar la calma del creyente, este disfrutaría poca o ninguna tranquilidad interior o descanso exterior.
