En tercer lugar, la expresión «el Dios de paz» revela lo que es desde una óptica judicial, es decir, el que hace la paz, el Dios reconciliado. Lo que aquí capta nuestra atención es el desarrollo y consecución de lo que ha estado delante de nosotros en el último apartado.

Desde la antigüedad, Dios había dicho sobre su pueblo: «Porque yo sé los pensamientos que tengo acerca de vosotros, dice Jehová, pensamientos de paz, y no de mal, para daros el fin que esperáis» (Jeremías 29:11). Sí, a pesar de la culpabilidad debida a su participación legal en la caída de Adán, y a pesar de sus numerosas transgresiones y apostasía contra él, Dios no había cambiado con respecto a su eterno amor por ellos.

Se había producido una terrible transgresión, y como gobernador moral del universo, Dios no iba a ignorarlo; más aún, como juez de toda la tierra, su condenación y maldición estaban sobre ellos. Sin embargo, Dios les amaba, y su sabiduría encontró un camino por el que aquella terrible violación podía ser reparada y restaurada la relación con su pueblo —un camino que no solo no iba a comprometer su santidad y justicia, sino que le glorificaría a él y satisfaría a su pueblo.

«Pero cuando vino el cumplimiento del tiempo, Dios envió a su Hijo, nacido de mujer y nacido bajo la ley, para que redimiese a los que estaban bajo la ley» (Gálatas 4:4–5). Dios envió a su Hijo para que llevara a cabo lo que habían acordado en el pacto eterno; y para que pudiera proveer una adecuada compensación de su ley, el Hijo de Dios nació de mujer, a fin de que, asumiendo nuestra naturaleza, pudiera cumplir los requisitos de la ley, pagar por nuestros pecados y conseguir una justicia eterna.

Para redimir a su pueblo de la maldición de la ley, el Hijo vivió, murió y resucitó. Cristo obedeció y sufrió para hacer la paz con Dios, aplacar su ira y conseguir una paz justa y estable. Con su obra redentora por medio de su Hijo, Dios hizo la paz.

En el nacimiento de Cristo, las huestes celestiales alabaron anticipadamente a Dios, diciendo: «¡Gloria a Dios en las alturas, y en la tierra paz, buena voluntad para con los hombres!» (Lucas 2:14). Y en su muerte, Cristo hizo «la paz [entre Dios y su pueblo] mediante la sangre de su cruz» (Colosenses 1:20), reconciliando a Dios (como juez) con ellos, estableciendo una amistad y concordia perfectas y permanentes entre ellos.

En cuarto lugar, la frase «el Dios de paz» declara lo que este es como Padre, es decir, el dador de la paz a sus hijos. Esto va más allá de lo que antes se ha dicho. Antes de la fundación del mundo, Dios decretó que hubiera paz entre él y su pueblo.

Como resultado inmediato de la obra mediadora de Cristo se hizo la paz con Dios, y esta se impartió a su pueblo. Ahora hemos de considerar cómo el Dios de paz nos hace verdaderos participantes de esta inestimable bendición.

Por naturaleza, su pueblo es completamente ajeno a esta realidad, porque «no hay paz, dijo mi Dios, para los impíos» (Isaías 57:21). ¿Cómo podrían tener paz si viven en una constante y activa hostilidad contra Dios? No tienen paz en su conciencia, en su mente ni en su corazón. «Y no conocieron camino de paz» (Romanos 3:17).