Un pacto es un acuerdo entre dos partes en el que se propone un determinado trabajo y se promete a cambio una recompensa adecuada. En el pacto eterno las dos partes fueron el Padre y el Hijo. La tarea asignada al Hijo fue que debía encarnarse, obedecer perfectamente la ley, en pensamiento, palabra y obra, y después sufrir, en sustitución de su pueblo culpable, el castigo de su incumplimiento; de este modo ofrecería al Dios ofendido (considerado como Gobernador y Juez) una adecuada expiación que satisfaría su justicia, magnificaría su santidad e introduciría una justicia eterna.

La recompensa prometida era que Dios resucitaría de los muertos al Fiador y Pastor de su pueblo, exaltándole a su diestra muy por encima de todas sus criaturas, conformándolas a la imagen de su Hijo y llevándolas a la gloria con él por los siglos de los siglos. La conformidad voluntaria del Hijo con esta propuesta la encontramos en la frase: «He aquí que vengo, oh Dios, para hacer tu voluntad» (Hebreos 10:7); y todo lo que hizo y padeció fue en cumplimiento de su acuerdo contractual. El cumplimiento de su parte del contrato por parte del Padre, otorgando la prometida recompensa, se pone plenamente de relieve en el Nuevo Testamento. El Espíritu Santo fue testigo y registrador de este pacto.

Este pacto eterno se consigna expresamente como «el pacto de mi paz» en Isaías 54:10; Ezequiel 34:25; 37:26. En este pacto, Cristo está como representante de su pueblo, llevando a cabo la transacción en su nombre y a su favor, y defendiendo todos sus intereses como algo muy preciado. De acuerdo con la voluntad del Padre y su maravilloso amor por su pueblo, Cristo asumió en este pacto el compromiso más exigente y se sujetó al sufrimiento más espantoso, para que los suyos puedan ser librados de la ira judicial de Dios, tener paz con él y desarrollar una perfecta amistad y concordia.

Cristo cumplió fielmente este compromiso, y la paz que Dios decretó eternamente se ha conseguido. A su debido tiempo, el Padre introduce a cada uno de sus elegidos a esta bendita realidad. Zacarías 6:12–13 alude a este mismo pacto eterno: «y consejo de paz habrá entre ambos». Este «consejo de paz» o buena voluntad se produce «entre ambos», es decir, entre «el varón cuyo nombre es el Renuevo» y Jehová «el Señor de los ejércitos» (v. 12). El «consejo» en cuestión alude a la edificación de la iglesia por parte de Cristo (Efesios 2:21–22) y a su exaltación al trono de gloria.