En primer lugar, la expresión «el Dios de paz» nos dice lo que él es en esencia, es decir, lo que es en sí mismo. Como antes hemos señalado, la paz es una de las imponentes perfecciones de la naturaleza y carácter divinos. Consideramos este título como una referencia, no tanto a lo que Dios es de manera absoluta, ni específicamente al Padre, sino al trino Dios. En primer lugar, porque no hay nada en el contexto o en el resto del versículo que requiera limitar esta oración a alguna persona de la Trinidad en particular. En segundo lugar, porque siempre hemos de considerar los términos de la Escritura en su sentido más amplio y completo cuando no hay nada que nos obligue a limitar su campo de acción. En tercer lugar, porque es un hecho, una verdad divinamente revelada, que el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo son por igual «el Dios de paz».

La objeción de que, ya que esta oración se dirige al «Dios de paz», estamos obligados a considerar que se trata de una referencia al Padre, carece de fundamento puesto que, en la Escritura, la oración se dirige también al Hijo y al Espíritu. Es cierto que la referencia de Hebreos 13:20 alude al Padre, puesto que allí se le distingue del Señor Jesús; sin embargo, ya que en este versículo no hay ninguna distinción de este tipo, tampoco lo hago yo.

El hecho de que este título se aplica a Dios el Padre apenas requiere defensa, puesto que el lector pensará enseguida en las primeras palabras de la salutación que encontramos al principio de la mayoría de las epístolas del Nuevo Testamento: «Gracia y paz a vosotros, de Dios nuestro Padre» (Ro 1:7; 1Co 1:2, etc.) gracia de parte de él puesto que es «el Dios de toda gracia» (1Pe 5:10), y paz porque es «el Dios de paz».

Las palabras que siguen en esta salutación «y del Señor Jesucristo», establecen el mismo hecho con respecto a su Hijo, porque la gracia y la paz no podrían proceder de él a menos que fuera también fuente de ambas. Se recordará que en Isaías 9:6 al Hijo se le denomina expresamente «Príncipe de Paz», lo cual —consignada esta expresión inmediatamente después de sus otros títulos «Dios Fuerte, Padre Eterno»— muestra que lo es en su persona esencial. En 2 Tesalonicenses 3:16 se designa a Cristo como «Señor de paz». Hebreos 7:2 nos dice que Jesús es «Rey de paz», tipificado como tal por Melquisedec el sacerdote-rey. En Romanos 16:20 el apóstol anunció: «Y el Dios de paz aplastará en breve a Satanás bajo vuestros pies» y en vista de Génesis 3:15 no cabe duda de que es una referencia inmediata al Hijo encarnado.

La Escritura es menos explícita con respecto a la persona del Espíritu Santo porque no se nos presenta de forma objetiva como el Padre y el Hijo, ya que él obra dentro de los creyentes y habita en ellos. Sin embargo, los sagrados oráculos dan clara y completa prueba de que él es Dios, co-esencial, co-igual, y co-glorioso con el Padre y el Hijo. Como demostrará un cuidadoso examen de la Escritura y una comparación de distintos pasajes, es un gravísimo error concluir, a partir de ciertos teólogos que se refieren al Espíritu Santo como la tercera persona de la Trinidad, que el Espíritu es de algún modo inferior a las otras dos personas.

Si en Mateo 28:19 y 2 Corintios 13:14 se le menciona después del Padre y el Hijo, en Apocalipsis 1:4–5 se le nombra (como «los siete espíritus», es decir, el Espíritu en su plenitud) antes de Jesucristo, mientras que en 1 Corintios 12:4–6 y Efesios 4:4–6 se le nombra antes del Hijo y del Padre, expresando así (con esta variación del orden) su co-igualdad. Por tanto, como igual con el Padre y el Hijo, el Espíritu Santo debe ser también «el Dios de paz», lo cual se evidencia al comunicar divina paz a los corazones de los redimidos. Cuando el Espíritu descendió del cielo sobre nuestro Salvador, en su bautismo, lo hizo bajo la forma de paloma (Mt 3:16), el ave de la paz.

En segundo lugar, la expresión «el Dios de paz» anuncia lo que Dios es desde una óptica dispensacional en la economía de la redención, es decir, quien ordena o pacta la paz. Esto queda claro en Hebreos 13:20–21, donde el apóstol ora: «Y el Dios de paz que resucitó de los muertos a nuestro Señor Jesucristo, el gran pastor de las ovejas, por la sangre del pacto eterno, os haga aptos en toda obra buena para que hagáis su voluntad».

Fue concretamente como «Dios de paz» que el Padre liberó a nuestro fiador del sepulcro, «por la sangre del pacto eterno», es decir, sobre la base de aquella sangre que ratificó y selló el gran pacto que se había hecho entre ellos antes de la fundación del mundo. En Salmos 89:3 se hace referencia a este pacto, que alude al anti-típico David, el «amado» como demuestran de manera concluyente los versículos 27 y 28.

En su presciencia, Dios vio la entrada del pecado en el mundo —con la caída de todos los hombres en Adán, y la brecha que se produciría entre él y ellos, alienando al primero de los segundos— y se propuso, en su gracia, llevar a cabo la reconciliación y asegurar la paz permanente sobre una base justa, una base que reconociera adecuadamente su autoridad y honrara su ley.