ROMANOS 15:33 Parte #1

Hace varios años tomé la iniciativa de acostumbrarme a saludar a las personas con el siguiente saludo: “Sea la Paz”.
No significa que “Dios te bendiga” o “bendecido” estuvieran fuera de lugar, sino que yo me sentía más cómodo deseando la paz a las personas que saludaba.

En el mundo que nos ha tocado vivir, creo que vivir se ha convertido en una meta de cada individuo: Vivir en paz.

Hace un año invitamos al pastor Michael Rivera, quien escribió el libro Pacto de Paz; al leerlo, este me llevó a entender con mayor profundidad este pacto. Por esta razón deseo que usted hoy reflexione conmigo sobre estos escritos del apóstol Pablo.

«Y el Dios de paz sea con todos vosotros. Amén».
El «Dios de paz» —en contraste con la tendencia general entre los comentaristas— considero que este título divino expresa, en primer lugar, lo que Dios es en sí mismo, es decir, separado de cualquier relación con sus criaturas y aparte de sus operaciones y asignaciones. Él es la fuente inagotable de la paz. En todo su ser reina una tranquilidad perfecta.

Jamás se siente desconcertado en lo más mínimo ni perturbado por nada, ni dentro ni fuera de sí mismo. No es extraño: nada puede tomarle por sorpresa, puesto que «hace conocer todo esto [sus obras] desde tiempos antiguos» (Hch 15:18). Nada puede decepcionarle, porque «de él, y por él, y para él, son todas las cosas» (Ro 11:36). Nada puede trastornar su perfecta ecuanimidad, puesto que Él es el «Padre de las luces, en el cual no hay mudanza ni sombra de variación» (Stg 1:17).

Por consiguiente, Dios está siempre lleno de una perfecta seguridad.
Es un elemento estructural de su gloria.
Una de las joyas de la diadema de la Deidad es esa paz inefable.

Oremos:
Padre, Tú eres la fuente de la paz. Hoy mi corazón desea y anhela fervientemente Tu paz, esa que sobrepasa todo entendimiento.
En Cristo Jesús, amén, amén.
Gracias por Tu paz.

Ps. Cáceres