El Dios de esperanza
La expresión «el Dios de esperanza» era especialmente pertinente para los creyentes gentiles, quienes son mencionados nada menos que cuatro veces en los versículos inmediatamente anteriores.
La fuerza de estas palabras se aprecia aún mejor a la luz de Efesios 2:11–12, donde Pablo recuerda a los creyentes gentiles que, antes de conocer a Cristo, estaban:
«Sin Cristo, alejados de la ciudadanía de Israel y ajenos a los pactos de la promesa, sin esperanza y sin Dios en el mundo.»
No tenían conocimiento de Dios ni acceso a Su revelación escrita. Sin embargo, la encarnación de Jesucristo transformó completamente esa realidad.
El propósito de la venida de Cristo no se limitó a Palestina. Su misión tuvo un alcance universal, pues derramó Su sangre expiatoria por pecadores de toda nación, tribu y pueblo. Al completar victoriosamente Su obra, envió a Sus discípulos a predicar el Evangelio a todas las naciones.
Por eso Pablo había recordado a los creyentes romanos:
«Alegraos, gentiles, con su pueblo.» (Romanos 15:10)
Ahora Dios también se había convertido para ellos en «el Dios de esperanza».
La Palabra: fundamento de nuestra esperanza
Si Dios no se hubiera revelado mediante Su Palabra, no tendríamos ningún fundamento para esperar.
Pero las Escrituras son verdaderas ventanas de esperanza.
Así lo declara Romanos 15:4:
«Porque las cosas que se escribieron antes, para nuestra enseñanza se escribieron, a fin de que, por la paciencia y la consolación de las Escrituras, tengamos esperanza.»
El Dios de esperanza se revela en Sus Escrituras para despertar esperanza en el corazón de Su pueblo.
Para ser llenos de fe, gozo y paz, debemos creer lo que Dios nos ha revelado en Su Palabra. Antes de experimentar una esperanza firme, necesitamos confiar en el Dios que la Biblia nos presenta.
Fue precisamente por medio de las Escrituras que Pablo comprendió que también había esperanza para los gentiles.
Del mismo modo, el corazón más cargado puede encontrar verdadero consuelo cuando busca, cree y descansa en las promesas de Dios.
Cada promesa divina tiene el propósito de fortalecer la esperanza del creyente y convertirse en un fundamento seguro sobre el cual descansar.
La petición del apóstol
Pablo continúa orando:
«Que el Dios de esperanza os llene de todo gozo y paz en el creer.»
La expresión «en el creer» nos dirige nuevamente a las promesas del Antiguo Testamento que el apóstol acaba de citar.
Su oración era que Dios capacitara a aquellos creyentes para aferrarse a Sus promesas y vivir de acuerdo con ellas.
Charles Hodge lo expresa de esta manera:
«En cumplimiento de esta promesa Cristo vino y anunció la salvación tanto a los que estaban cerca como a los que estaban lejos (Efesios 2:17). Puesto que ambos grupos habían sido recibidos por el mismo Salvador y unidos en una sola comunidad, debían recibirse y amarse mutuamente como hermanos, dejando de lado toda censura, desprecio y juicio.»
En otras palabras, el anhelo de Pablo era que judíos y gentiles mantuvieran su atención puesta en Cristo.
Que la fe y la esperanza ocuparan el lugar central de sus vidas.
Que el gozo y la paz reemplazaran toda discusión, división y conflicto.
Una reflexión de Handley Moule
Handley Moule escribió acerca de esta oración:
«Si esta oración fuera respondida en toda su profundidad, el hermano débil dejaría de vivir preocupado por cuestiones secundarias, como ciertos alimentos o los días del calendario. Los fuertes también dejarían de defender su libertad con actitudes carnales. Llenos de gozo y paz en el Señor, unidos por la esperanza de Su gloria y conscientes de la presencia del Espíritu Santo, todos terminarían abrazándose en Cristo. Hablarían mucho más del Rey que de sus diferencias. ¡Cuántas controversias en la Iglesia desaparecerían si los creyentes hicieran de Cristo el centro de sus conversaciones y de sus corazones!»
Una oración también para nosotros
Así como la oración de Jesús en Juan 17 no se limitó únicamente a Sus discípulos, sino que también alcanzó a todos los que creerían en Él, esta oración del apóstol Pablo sigue siendo válida para cada hijo de Dios.
«El Dios de esperanza os llene de todo gozo y paz en el creer.»
Observemos que Pablo no tuvo temor de pedir específicamente estas bendiciones.
Muchos creyentes dudan en pedir a Dios una vida llena de gozo y de paz, pero el propio apóstol nos enseña que debemos hacerlo.
La plenitud del gozo espiritual no nos aparta de nuestras responsabilidades, ni la paz de Dios produce conformismo o seguridad carnal.
Al contrario, estas son bendiciones profundamente deseables para todo creyente.
El hecho de que Pablo las pida nos anima y nos autoriza a buscarlas también para nosotros y para nuestros hermanos en la fe.
Paz y gozo, de Dios Padre y de nuestro Señor Jesucristo.
Oro para que todas tus peticiones sean contestadas conforme a la perfecta voluntad de Cristo nuestro Señor.
Ps. Cáceres
