“El crisol para la plata y la hornaza para el oro; pero Jehová prueba los corazones.” (Proverbios” 17:3)
Yo no pedí ser oro. Ni siquiera ambicionaba ser plata. Me hubiera conformado con ser un metal sencillo y barato cuyo brillo pudiera aflorar de vez en cuando con el reflejo del sol. No me interesaba mucho el resplandor ni la calidad de mi materia, tenía un lugar en el mundo y en sus propósitos y eso era suficiente. Salir de la mina oscura fue mi mayor anhelo, ¿por qué iba a mirar más allá de mis fronteras? Había sido rescatado, procesado, limpiado y convertido en un instrumento que Él podía usar y pensé que eso era suficiente. Pero Dios tenía planes mayores para mí. Sólo Él conocía mis imperfecciones y mis impurezas y sólo a Él se le hubiera ocurrido transformarse, transmutarme, purificarme… y fui llevado involuntariamente al crisol.
Cuando empecé a sufrir me sometí mansamente, sabía que un poco de dolor era necesario para crecer y madurar, para conocer más de su poder y su fuerza.
Pensé que el aprendizaje sería sencillo y que Él iba a dosificar el sufrimiento de acuerdo con mi capacidad y no darme más allá de lo que podía resistir conforme a su palabra. Pero cuando comprendí que el dolor prevalecía y que mis límites no eran los suyos, ni mis pensamientos sus pensamientos, entonces me resistí; quise muchas veces salir del crisol, escapar de su voluntad, y le increpó que no estaba siendo fiel a su palabra, que el sufrimiento empezaba a rebasar. Llegó a sentirme derribado, deshecho de su diestra y quise encerrarme en mi cueva.
Pero Él nunca me abandonó, fue siempre fiel, siempre estuvo a mi lado, controlaba la temperatura del horno de fuego para que verdaderamente no sufra más de lo que podía resistir. Esto no lo comprendí de inmediato, el paso de los días me dio también la certidumbre de su amor, necesitaba aprender tanto y no había otra manera sino experimentándose así mismo. ¿De qué otra forma iba a fortalecer mi fe? ¿De qué otra manera podía madurar mi dependencia y ceder mi autosuficiencia? ¿Cómo se iba a perfeccionar mi amor maternal? ¿Cómo iba a consolar y aún a enseñar el día de mañana a otros sin haber pasado por lo mismo? ¿Cómo iba a derribar las altiveces de mi corazón que se levantaban contra sus promesas? ¿Cómo iba a comprender el mundo espiritual y sus luchas si no peleaba ninguna batalla? ¿Cómo iba finalmente a conocer su poder? Sólo confiando, esperando, orando y dependiendo única y exclusivamente de su gracia.
Por ello tuve que reconocer finalmente que su crisol y su hornaza son pruebas de su amor, porque Él no nos deja solos; está con nosotros muy cerca recogiendo cada lágrima, proveyendo a la vez el descanso y el sosiego que requiere nuestra alma.
Por eso tengo que agradecerle que se haya propuesto hacer de mí un metal precioso, cuando mis ojos no miraban más allá del opaco resplandor de mi ser barato.Oremos: Padre amante, gracias por hacerme lo que soy, no entendía que tus planes son más elevados que mis planes y que al final los tuyos son los que realmente importan; llévame a ese estado que Tú, has soñado para mí, aunque por un poco de tiempo me sean contrarias. Gracias a Cristo Jesús.
